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15/06/2017

El costo de no invertir en la primera infancia





Asegurar un buen inicio de vida para la población infantil es tarea de todos. Es indispensable que el sector privado incremente su apoyo.

Cerca de 50 directivos de importantes organismos internacionales, del sector privado y de la sociedad civil, participaron en la mesa redonda de asociados sobre la inversión en la primera infancia, convocada por el Banco Mundial en abril de este año. Oír a un grupo tan representativo de líderes mundiales situar al desarrollo infantil temprano como uno de los grandes desafíos globales que enfrenta la humanidad, en su transición a la denominada “cuarta revolución industrial”, resulta inspirador y preocupante a la vez. Esto, visto desde la óptica latinoamericana.

Para quienes no estén familiarizados con el tema, la primera infancia es el ciclo de vida comprendido desde la gestación hasta los seis años de edad, considerado por múltiples disciplinas como el periodo de mayor trascendencia para el desarrollo de habilidades. La ciencia ha demostrado que para el momento en el que los niños entran al sistema educativo formal, cerca del 85% de su desarrollo cerebral ya se ha dado.

La brecha en el desarrollo psicomotor entre los niños ricos y pobres comienza a observarse desde los 10 meses de edad y no sólo se mantiene, sino que suele incrementar en los primeros cinco años. Para aquellos niños en situación de pobreza, esto significa que a pesar de nacer con el mismo potencial que sus pares para desenvolverse exitosamente, sufren mayores rezagos a lo largo de la vida. Por esta razón, es indispensable brindarles servicios integrales de alta calidad en estimulación temprana, nutrición y salud, incluyendo acompañamiento a las familias para el fortalecimiento de pautas de crianza.

Celebro el creciente interés y entendimiento que a nivel mundial se ha adquirido sobre el tema y la reunión del Banco Mundial evidencia la importancia que se le está dando al mismo. Necesitamos más líderes latinoamericanos que compartan esta visión, teniendo en cuenta que a pesar de los avances que ha tenido la región en los últimos años, nuestros países enfrentan enormes dificultades de cara a asegurar un desarrollo sostenible del sector. En este sentido, es importante hacer un ejercicio de articulación con los grandes debates internacionales de los que no podemos ser ajenos, máxime cuando el mensaje es tan claro: “si no aceleramos las inversiones en primera infancia, será mucho más costoso y demorado para las naciones forjar sociedades más fuertes, capaces y sostenibles”.

En palabras de Jim King, presidente del Banco Mundial, las cifras de retraso en el desarrollo de la población menor de cinco años a nivel global reflejan que estamos ante una crisis mundial, lo que repercute negativamente sobre la economía y estabilidad de las naciones. No atender de manera oportuna las necesidades físicas, cognitivas y socioemocionales de los niños en sus primeros años tiene un costo muy alto.

Un análisis realizado por el Banco Mundial en el sudeste Asiático, señala que el PIB per cápita estaría hasta 10 puntos porcentuales por encima del valor actual, si estos países hubieran eliminado la desnutrición crónica cuando los trabajadores de hoy en día eran niños. En el caso de América Latina, el Programa Mundial de Alimentos estima que el costo de no invertir de manera oportuna en programas de nutrición supera los US$ 100.000 millones, en contraste con los US$ 2.000 millones que costaría combatir la desnutrición. Estos cálculos se realizan con base en la estimación de pérdidas por muerte infantil, enfermedades crónicas y retraso en el crecimiento.

El 42% de la población menor de cinco años en América Latina vive en situaciones de precariedad; esto equivale a más de 22 millones de niños y niñas que diariamente sufren de privaciones que injustamente truncan su desarrollo. En respuesta a esto, la última década ha estado marcada por grandes avances que varios países han realizado en el campo de las políticas públicas y en la generación de programas de atención integral.

Los países que reportan mayor gasto público anual por niño son (año 2012): Chile (US$882), Brasil (US$641), México (US$488) y Colombia (US$402). No obstante, la inversión en la primera infancia en América Latina está lejos de ser la ideal. De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, el promedio del gasto público en este grupo etario corresponde tan solo al 0,4% del PIB, en comparación con el promedio de la OCDE que oscila entre el 0,7% y el 1% del PIB.

Este no es un panorama muy alentador, teniendo en cuenta que cerca de la mitad de los niños menores de cinco años en la región aún no tiene acceso a los programas que se han creado y que la asignación de nuevos recursos a este sector está limitada, ya que muchos gobiernos no cuentan con la solvencia suficiente para suplir la demanda a corto plazo.

Este es un fenómeno que también está afectando a las organizaciones sin ánimo de lucro que trabajan en este campo. Veo con gran preocupación lo difícil que se ha convertido asegurar apoyo del sector privado a largo plazo. Las donaciones esporádicas no generan cambios, a las ONG hay que ayudarlas a avanzar de manera que no se pierda la fuerza de lo que hacen. Hablo en nombre de muchas ONG pequeñas y grandes, que como la Fundación ALAS y la alianza Primero lo Primero, hacemos cosas gigantes; construimos centros de desarrollo infantil, formamos a maestros e incidimos en la formulación de políticas públicas para que los gobiernos hagan su parte.

El costo de no invertir en la primera infancia no es solo económico, sino social. Las competencias del tipo de ciudadanos, de vecinos, de la mano de obra y de los clientes que requiere este mundo se originan en los primeros años. Asegurar un buen inicio de vida para la población infantil es tarea de todos. Por esta razón invito al sector privado a incrementar su apoyo e inversión en este sector.

Columna de opinión de nuestro Director Ejecutivo, Juan Antonio Pungiluppi.
Publicada en Portafolio el 15 de Junio del 2017.

Agradecimientos:
El autor agradece los aportes de María Mercedes Liévano, Subdirectora General de la Fundación ALAS, en la elaboración de esta columna.


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